Las paredes comenzaban a cerrarse sobre ella.
Ellis caminaba en círculos por la habitación con las manos crispadas a los costados. No recordaba haber dormido, ni tampoco haber comido en condiciones. Tenía la boca seca, la cabeza embotada y el corazón rebotando en el pecho como un tambor que no sabía callar.
Ya no era miedo lo que sentía. Era rabia.
Rabia por estar allí encerrada, por depender de un hombre como Alessandro Bianchi, por no tener respuestas. Por no saber qué le esperaba al día sigu