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En la mañana, la reina nos recibió en el mismo sillón que ocupaba en la víspera, junto a los ventanales abiertos al aire fresco y perfumado que llegaba de su jardín, la mesa dispuesta ante ella con un sustancioso desayuno.

—¿Cómo han pasado la noche? —preguntó mientras Lenora y sus otras damas nos servían.

Hablaba con su mente, y era evidente que sólo nosotros la escuchábamos. Mael resopl&oa

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