Temprano en la mañana, Mael, sus hermanos y Baltar cargaron el féretro de la reina fuera de la capilla. Y todos los que nos hallábamos en el castillo, incluidas las madres, los seguimos al prado.
El abad del monasterio en el paso de las montañas del oeste nos aguardaba en el cuidado cementerio del clan, en el extremo sudeste del prado. Allí, junto a la tumba simbólica del rey lobo, cuyo cuerpo jamás fuera recuperado, se alzaba ahora un hermoso arco de flores sobre un amplio lienzo blanco extendido en el suelo.
El lienzo, con los ruedos primorosamente bordados con los motivos y colores favoritos de la reina, cubría la tumba cavada la noche anterior. Pero a simple vista parecía que el lugar hubiera sido preparado para una boda o una celebración similar.
Fue un oficio breve pero emotivo, y nadie reprimió sus lágrimas cuando llegó el momento de acercarnos de a uno al fé