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En la galería del nivel superior, le aseguré a Aine que estaba bien y la insté a ir a reunirse con Dugan y el resto de su familia, que debían estar tanto o más conmocionados que ella.

Sus hermosos ojos azules se llenaron de lágrimas y me echó los brazos al cuello. La abracé en silencio, haciendo a un lado mi debilidad porque su dolor me tocaba el alma. Ronda se acercó, frotándole suavemente la espalda como Milo hiciera.

—Gracias por tu apoyo, Aine —le susurré cuando retrocedió, haciendo un esfuerzo por recomponerse.

—Siempre. Pase lo que pase, no dudes que siempre estaré a tu lado —replicó. Me acarició la mejilla con una mueca—. Gracias por demostrar mucho más juicio que ella y perdonarle la vida. No creí que fueras capaz de contenerte.

Meneé la cabeza riendo por lo bajo.

—Jamás fue

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