Jacop se quedó erguido, jadeando, la sangre del enemigo escurriéndole por el cuello y las manos. Alzó la cabeza y lanzó un aullido poderoso, un grito de guerra que atravesó el pasillo vacío, recordando a todos que él seguía en pie, dispuesto a matar a cualquiera que se interpusiera.
No había tiempo para respirar. El olor a hierro y a miedo impregnaba cada rincón, y aunque había derribado a sus oponentes, el instinto le gritaba que Mía seguía en peligro.
Sus pasos lo llevaron con furia hacia el