Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de un dolor que lo rompía en mil pedazos. Y en ese instante supo que la batalla apenas comenzaba.
Jack corría sin detenerse. El viento frío de la montaña golpeaba su rostro, arrastrando consigo el olor a tierra húmeda, a pino, a musgo. La luna iluminaba su camino entre los riscos, proyectando su sombra alargada en la roca.
Sus botas resonaban con fuerza contra el suelo pedregoso, pero no disminuyó el ritmo. Tenía un objetivo claro: llegar