Jacob asintió con firmeza, aunque en el fondo sabía que aquella promesa era apenas el inicio de una tormenta que arrasaría con todos.
Logan se incorporó lentamente, como si el peso de la noche y del dolor que lo consumía amenazara con quebrar su voluntad, pero nada era capaz de apagar la furia en sus ojos. Su respiración se hizo profunda, un rugido apenas contenido vibró en su pecho. En su mente, la llamada resonó como un trueno silencioso, expandiéndose por cada rincón de la manada.
—Guerreros, reúnanse ahora.
El vínculo mental que unía a la manada vibró con intensidad. Los lobos, dispersos por el territorio, detuvieron lo que hacían y respondieron al llamado. Logan avanzó unos pasos hacia la explanada principal de la casa de mando, y allí, uno a uno, comenzaron a aparecer sus guerreros, formando un círculo solemne alrededor de él. El aire se llenó de tensión y respeto.
Sus órdenes no se hicieron esperar.
—Escúchenme todos —rugió Logan, con la voz grave, cargada de autoridad—. Mia es