La luna colgaba blanca y enorme sobre el bosque. El silencio era espeso, roto solo por el crujir de ramas bajo las patas del gran lobo gris que se abría paso entre los árboles.
Owen iba solo, con el hocico bajo, olfateando cada trazo que el aire traía. Mía estaba cerca, lo sabía. Su esencia aún flotaba en la corteza de los árboles, en las hojas húmedas, en la tierra pisoteada.
Pero también lo estaba él.
De pronto, Owen se detuvo. El viento cambió. Un hedor viejo, salvaje, con un toque de sangr