El dolor fue inmediato, ardiente, una descarga eléctrica que se extendió desde la herida hasta lo más profundo de su lobo. Logan rugió, un sonido tan desgarrador que hizo temblar hasta los árboles cercanos. Sus patas se afirmaron contra el suelo, los músculos de su cuello se tensaron como cuerdas y, con un violento movimiento, logró sacudir a Owen. El lobo gris salió despedido, chocando contra una mesa con tanta fuerza hizo que se partiera en dos esparciendo astillas por el aire.
Logan no perdió tiempo. La sangre manaba de su cuello, era poca, pero no podía permitirse la debilidad. Su mirada ámbar brillaba con furia, fija en Owen, que ya se incorporaba, con la espuma de rabia y saliva escurriéndole de las fauces.
—¡No escaparás, Logan! —gruñó Owen, avanzando con las garras listas.
Los dos lobos se abalanzaron uno contra el otro, chocando en un torbellino de colmillos y garras. El aire se llenó de gruñidos, jadeos y el sonido metálico de colmillos chocando entre sí. El suelo se marcaba