Isabella bajaba las escaleras como si la vida se le fuera en ello. El edificio era alto, demasiado alto, y cada peldaño le parecía una condena interminable. El corazón le golpeaba con una fuerza brutal dentro del pecho, como si en cualquier instante fuera a salírsele por la boca.
Su respiración estaba entrecortada, cada inhalación era un grito silencioso de desesperación. Piso tras piso, las luces de emergencia se encendían y apagaban a su alrededor, bañando las paredes con un tono rojizo que