El sol de mediodía caía con fuerza sobre la carretera que rodeaba la finca de la manada Tormenta. Isabella tropezó y salió despedida; su cuerpo golpeó el asfalto con un sonido sordo y quedó tirada al lado del auto, la respiración entrecortada, la blusa pegada al costado por la sangre que brotaba de la frente. Los ojos le ardían y por un instante creyó que el mundo se doblaba.
Un motor frenó en seco. La puerta del copiloto se abrió y un hombre alto, de rasgos honestos y manos cuidadosas, se bajó