Las luces del bosque se desdibujaban entre sombras mientras el auto avanzaba con firmeza, como si la oscuridad misma los tragara. Dentro, Mía apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas.
—¿A dónde diablos me llevas? —espetó al fin, la voz cargada de furia y desesperación—. ¡Dime dónde está Isabella! ¡Dónde está mi hija!
Owen, al volante, no apartó la mirada del camino. Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel, una d