La voz de Owen resonó en lo más profundo de la mente de Mateo, clara, firme y con ese tono autoritario que no admitía objeciones.
—Mateo.
El joven se detuvo en seco en medio del pasillo, sintiendo el peso de aquel llamado. Respondió mentalmente, tal como lo habían practicado durante años.
—Sí, padre.
Un silencio breve precedió a la orden que lo cambiaría todo esa noche.
—Hoy mismo revisarán la manada. Quiero que la saques de los calabozos. Isabella no puede estar aquí cuando lleguen. Nadie debe