—Lo siento, querida —respondió con sarcasmo, sus labios curvándose en una sonrisa cruel—. Pero temo que las cosas ya no son tan simples como crees.
Mía apretó los dientes, la sangre hervía en sus venas. Antes de que nadie pudiera detenerla, se lanzó contra Owen, descargando todo el peso de su cuerpo en un golpe directo a su pecho. El impacto resonó en la sala como un latigazo seco.
Owen retrocedió un paso, sorprendido, aunque de inmediato recuperó la compostura y atrapó con fuerza las muñecas d