Manada colmillo
La noche en la manada Colmillo parecía tranquila, demasiado tranquila. Afuera, los lobos guerreros levantaban la mirada hacia el cielo, observando con inquietud la inminente llegada de la luna roja, esa que todo lo cambiaría. Había un silencio extraño, una calma densa que parecía anunciar un desastre.
En los pasillos de piedra que conducían a los calabozos, un hombre avanzaba con paso firme pero silencioso. Su sombra se alargaba con la luz tenue de las antorchas que iluminaban el camino. Sus ojos brillaban con determinación y en sus labios se dibujaba una sonrisa torcida, casi siniestra. Cada paso resonaba como un eco de amenaza.
Cuando llegó a la puerta donde estaba Teresa, encontró a un guardia de pie, firme, custodiando la celda.
El desconocido lo miró fijamente, inclinó levemente la cabeza en señal de saludo, y el guardia, sin sospechar nada, asintió con respeto. Fue en ese instante, aprovechando la mínima distracción, cuando el hombre sacó un cuchillo oculto y l