Cuando Meissa abrió los ojos, sentía fiebre y frío al mismo tiempo. Su cuerpo temblaba bajo las mantas, y cada respiración le costaba esfuerzo. Intentó moverse, pero el dolor la atravesó desde el pecho hasta la espalda.
Cerró los ojos con fuerza y trató de conectar con su loba. No respondió. Era como si hubiera desaparecido.
Eso la asustó más que la herida.
Volvió a abrir los ojos con dificultad. La habitación le resultaba familiar.
Miró el techo, las paredes, la ventana. Reconoció cada detalle