Lysander miraba a Meissa con miedo.
La llevaba en sus brazos; el cuerpo de Meissa se sentía aterradoramente ligero y frío.
Cada gota de sangre que manchaba el vestido de su mate era un puñal en su propio pecho, una violación al vínculo sagrado que la Luna les había otorgado.
Al llegar a sus aposentos, la depositó sobre las sábanas de seda con una delicadeza que contrastaba violentamente con el fuego que quemaba sus venas.
—¡Traigan a la curandera! ¡Ahora mismo! —rugió Lysander. Su voz no fue hu