El aire en la habitación de Stelle todavía vibraba con el eco de la sentencia.
Lysander no se movió de inmediato.
Sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño y la furia contenida, se clavaron en el cuello de la mujer
Allí, colgando, brillaba el collar que pertenecía a Meissa.
Era un insulto. Una profanación.
Con un movimiento tan rápido que Stelle no pudo ni parpadear, Lysander acortó la distancia.
El tirón fue seco, dejando una marca roja en la piel de Stelle.
—Te lo advertí una vez,