Syla aún podía escuchar la voz de Itan vibrando en su memoria como un eco cálido en medio de la tormenta.
—Apenas vuelva de la batalla, suplicaré al Alfa que me permita hacerte mi hembra, mi pareja destinada.
Aquellas palabras no habían sido pronunciadas con ligereza. En el mundo de los lobos, una promesa así no era solo deseo; era juramento de sangre, de luna y de destino.
Syla había sonreído entonces, con esa mezcla de timidez y certeza que solo concede el vínculo verdadero. Confiaba en él.