Meissa en esa celda sentía que no podía ni respirar; su cuerpo era tan frágil y trémulo, luchando contra esos seres sucios.
Meissa intentó gritar, pero una mano callosa y sucia se estrelló contra su boca, ahogando su súplica en un gemido sordo que solo alimentó la burla de sus captores.
Sentía el frío de la noche colarse por los jirones de su ropa mientras las telas cedían ante los tirones violentos.
El pánico era una corriente eléctrica recorriendo su espina dorsal, dejándola paralizada, como