El carruaje se detuvo con un quejido de madera y metal frente a la escalinata principal del castillo.
Meissa respiró hondo, sintiendo cómo el aire gélido de la montaña se filtraba por las rendijas.
Cuando la puerta se abrió, el comandante Itan le ofreció una mano enguantada.
Al bajar, Meissa se sintió diminuta bajo la sombra de las torres de piedra negra.
—Bienvenida a la Manada Luna Oscura, mi Lady —dijo Itan con una inclinación de cabeza apenas perceptible—. El criado oficial la escoltará. E