Lady Stelle, la que una vez soñó con ser la única hembra del corazón del Alfa, cayó de rodillas sobre la alfombra.
El sonido de su llanto era de tristeza, de derrota que la quemaba
—¡No puede ser! ¡No! ¡Fallé! —gritó, golpeando el suelo con el puño. Porque sabía que eso significaba no ser nada para su Alfa, y que su hijo podría ser desplazado.
La puerta de sus aposentos se abrió con brusquedad.
Su criada de confianza entró pálida, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados por el