Al volver al palacio Meissa se dirigió de inmediato a su habitación.
Tenía una sensación extraña recorriendo su espalda, una desconfianza terrible que se le instalaba en la boca del estómago.
Entró en sus aposentos y cerró la puerta tras de sí.
Se miró al espejo, tratando de buscar una explicación lógica a su ansiedad, pero no podía saber qué pasaba con exactitud.
Solo sabía que su instinto, ese regalo de la diosa Luna, le estaba gritando que no bajara la guardia.
Esa noche, el silencio en la