El traqueteo constante del carruaje contra el camino de piedra era lo único que llenaba el silencio sepulcral dentro de la cabina.
Para Meissa, cada vuelta de las ruedas era un paso más hacia un destino que no había pedido, pero que su sangre le reclamaba.
El bosque que rodeaba el territorio de la Manada Luna Oscura era denso, impregnado de un aroma a pino húmedo y a un poder antiguo que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
A medida que el tiempo avanzaba, el aire se volvió más pesado,