Syla lo miró fijamente por unos segundos.
Había algo en la forma en que Itan la sostenía… en la intensidad de su mirada, en la fuerza contenida de su respiración… que hizo que su corazón latiera más rápido de lo que debía.
Pero ella no podía permitirse dudar.
Y entonces… rió.
Una risa suave, pero cargada de frialdad.
Empujó su mano, apartándolo con firmeza.
—No —dijo, negando con la cabeza—. Tú no eres mi mate.
Itan se quedó inmóvil.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Lo olvidaste? —continuó Syla, con