En cuanto el agua se tornó fría, Rownan me alzó en brazos para llevarme hasta el lecho, donde nos tendimos, buscando el amparo de las sabanas.
Mi príncipe seguía llorando, lo escuchaba a pesar de que mi propio llanto me sacudía, sin que el rey descubriera como terminarlo.
Él me abrasó, besó mis ojos hinchados y me prometió que pronto esa pesadilla terminaría; sin embargo, también su rostro estaba humedecido y engarrotaba las manos, incapaz de alcanzar la calma que necesitábamos.
Pasó casi una h