Me despertó la voz inconfundible de mi esposo y rápidamente me incorporé, hallándome en medio del lecho y cubierta cuidadosamente para que los rayos del sol, que entraban por la ventana, no alcanzaran mi piel desnuda.
—Luna mía— me saludó él, con una sonrisa embriagadora suavizando sus rasgos.
Le devolví el saludo, agradecida porque me hubiese llevado en brazos de regreso a la alcoba, porque ni siquiera recordaba cuando me había quedado dormida. Lo contemplé, deleitándome con su imponente figur