Mis carcajadas lo interrumpieron, alejando igualmente a las lágrimas que asomaban en nuestros ojos.
—Yo era la niña de la espada— le confesé—. Jamás me gustaron las muñecas y solo pensaba en aprender a luchar para poder acompañar a mi padre cuando partía a defender las fronteras.
Él se echó a reír y tomó el extremo de la espada para acariciar con sus dedos, las sajaduras que debilitaban la madera.
—No recuerdo exactamente ese día en que nos conocimos y mucho menos el desafío que te impuse, pero