Mi esposo dudaba, otra vez percibía la incertidumbre que le hacía guardarse aquello que ansiaba decirme desde que nos conocimos y que me intrigaba, al extremo de pretender arrancárselo con otro beso, así que tomé la iniciativa. Apreté mi boca contra la suya, sin miedo a parecerle necesitada o demasiado impulsiva. Ahora recordaba las palabras de las ancianas cuando me advirtieron que en el amor no se era recatado y que con tal de que mi esposo fuera sincero en sus acciones, yo debía serlo tamb