Nos detuvimos un poco después del mediodía y por las voces que se escuchaban, temía que estuviéramos a punto de ser atacados. Las jovencitas temblaban nerviosamente y se mantenían acurrucadas, expectantes. Yo no me contuve y moví el cortinado de la ventana para asegurarme de que tomaban las precauciones correctas, pero el astil de la tierra acudió de inmediato y luego de reverenciarme, subió al carruaje que volvió a la marcha.
—Alteza, hemos tomado un camino que no era el acordado con anterior