El elegante coche negro de Naya se deslizó por el sinuoso camino de entrada, con la majestuosidad de la mansión alzándose ante ella como un palacio. Detuvo el vehículo suavemente, y antes de que pudiera apagar el motor, un guardia de semblante severo emergió de las sombras, con los ojos entrecerrados y escrutadores.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó bruscamente, con la mano apoyada en la funda de su pistola.
La confianza de Naya era inquebrantable.
—Vengo a ver a Damien —afirmó con voz clara y autori