Naya salió para encontrarse con Hazel, que estaba sentada en la veranda.
—¿Qué pasa? Te fuiste del comedor sin decirle nada a nadie —preguntó Naya.
—Lo siento, solo necesitaba un poco de aire fresco —respondió Hazel, mirando hacia el jardín.
Naya asintió con comprensión.
—¿Está todo bien? Te ves un poco extraña hoy.
Hazel suspiró y miró a Naya.
—Es solo que me he estado sintiendo un poco abrumada.
Naya extendió la mano y la colocó suavemente sobre el hombro de Hazel.
—Estoy aquí para ti, Hazel.