Llegamos al hotel sin decir demasiado. La puerta se cierra tras nosotros con un clic suave, como si sellara un acuerdo silencioso. El aire acondicionado nos recibe con alivio, contrastando con el calor que se nos había pegado en la piel como una segunda capa. Es un poco más de mediodía, y la luz que se cuela entre las cortinas gruesas tiñe todo de un dorado cálido, casi cinematográfico. Por primera vez en toda la mañana, no hay nadie observando, lo que me llena de alivio.
—¿Y ahora qué hacemos?