El sueño llegó como una niebla espesa, envolviéndola en un manto de sensaciones que no parecían pertenecer a este mundo. Helena flotaba en un espacio entre la consciencia y el olvido, donde las fronteras de su propio ser se desdibujaban. Ya no era solo ella quien habitaba su cuerpo.
Primero fue un destello blanco entre la bruma. Luego, unos ojos ambarinos que brillaban con inteligencia ancestral. El lobo blanco emergió de la niebla, majestuoso y terrible, con un pelaje que parecía hecho de luz