El amanecer llegó con una calma engañosa. Helena observaba desde la ventana de su habitación cómo el cielo se teñía de tonos rosados y anaranjados, un espectáculo hermoso que contrastaba con la tensión que se respiraba en la mansión. La luna sangrienta se acercaba; podía sentirlo en el ambiente, en las miradas furtivas que le dirigían los sirvientes, en los susurros que cesaban cuando ella entraba en una habitación.
Ya no era solo una invitada. Era la mujer de las visiones, la portadora de una