La mañana en la manada de Piedra llegó con un extraño silencio. No era el mutismo natural de los bosques aún dormidos, sino uno más espeso, como si el mundo contuviera el aliento. Las aves, por lo general cantarinas al amanecer, parecían haber decidido callar. El viento que mecía las copas de los árboles lo hacía con una suavidad inquietante.
Kael y Lía despertaron enredados entre las pieles aún tibias. Las brasas del fuego chispeaban suavemente, y por una rendija en la cabaña, la luz del amane