El amanecer llegó con un viento inusual que no venía de ningún punto cardinal. No era frío ni cálido. Era un aliento antiguo, cargado de presagios. En la cima de la colina donde la manada había erigido su círculo de protección, Lía sintió ese viento en su nuca como un susurro que la obligaba a girar.
El niño estaba allí, solo, de pie, mirando al cielo con los brazos abiertos. Pequeños vórtices de aire giraban a su alrededor, levantando hojas y cenizas. No parecía asustado.