Capítulo 43: Ecos del Nombre Perdido

La noche cayó con una inusual quietud. La luna, alta y nítida, bañaba el campamento en una luz lechosa que no era del todo reconfortante. Algo se acercaba. Lo sabían todos.

Ardan reunió a los centinelas. Kael y Lía estaban ya de pie, sentidos afilados como hojas. El niño permanecía en su tienda, con los ojos cerrados, murmurando palabras en una lengua que ni los más antiguos recordaban.

—No es un ataque común —dijo Maelys, sus visiones agitadas como fuego bajo tormenta—
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