La noche en la frontera de la Manada de Piedra era tan densa que parecía no tener fin. Los árboles apenas se mecían, como si el aire mismo hubiera decidido contener la respiración.
Lía se había envuelto en una piel gruesa, observando el fuego consumirse en el centro del campamento. El resplandor de las brasas moribundas lanzaba destellos naranjas sobre sus mejillas, pero no lograba calentar el nudo que le apretaba el estómago.
A su lado, Kael no decía nada.
No hacía falta. Ella lo sentía. Su te