Las montañas que separaban el Valle del Oeste de la Manada de Piedra eran grises, sin árboles ni canto de aves. Solo el silbido del viento, como si las piedras mismas susurraran advertencias antiguas.
Lía montaba a lomos de una yegua negra, flanqueada por Kael y Célene. Valen, aún con secuelas del ritual, insistió en acompañarlos. Tenía algo que probar. O quizás algo que redimir.
—¿No te parece… demasiado tranquilo? —murmuró Kael.
—Demasiado —respondió Lía.
El mensaje de Thane había sido vago.