—¿Perdona, te conozco? —pregunté, frunciendo el ceño, desconcertada por la presencia inesperada de aquella mujer.
—¡Ay, qué tonta soy! —exclamó, llevándose una mano al pecho con una sonrisa amplia, pero estudiada—. No, aún no nos han presentado. Mi nombre es Selyna. Soy la esposa de Alan. Él me ha dado esta dirección.
—¿Esposa? —repetí, con incredulidad. El corazón me dio un vuelco, como si las palabras me hubieran golpeado físicamente.
Selyna era una mujer de presencia imponente. Alta, esbelt