—¿Qué vienes a decirme? —pregunté con la voz áspera, sin girarme. Me detuve al borde del acantilado, con el viento nocturno agitando mi cabello y el murmullo del río resonando como un eco lejano en el fondo del abismo. La luna se reflejaba en las aguas turbulentas, trazando destellos plateados entre las sombras. No necesitaba mirarlo. Sabía que estaba allí.
—¿Selyna te envió o has decidido abandonar el acto del hombre renovado?
—No es un acto —respondió él con firmeza, deteniéndose a mi lado.