Kael no se movía. Seguía encima de mí, con el pecho agitado y los ojos fijos en los míos como si buscara en ellos una respuesta que ni yo entendía.
Su mano se deslizó lentamente por mi cintura, y cada movimiento suyo era una caricia disfrazada de excusa, como si no quisiera soltarme… como si no pudiera.
—Nyra… —susurró, su voz grave como un roce en la piel—. No puedo seguir viéndote sufrir, luchando sola contra todo. Me mata tenerte cerca y no poder tocarte, no poder decirte todo lo que siento