—¿Hoy es la segunda noche? —preguntó Llara mientras se sentaba a mi lado, justo en la orilla del río, con las rodillas recogidas y la mirada perdida en el agua que fluía con calma.
—Sí —asentí, lanzando una piedra que rebotó una vez antes de hundirse con un sonido sordo.
—Una vez amé a un hombre así —dijo, riendo con una mezcla de nostalgia y amargura—. Fueron los mejores… y los peores años de mi vida.
—Él no… —me detuve a mitad de la frase, incapaz de encontrar las palabras exactas, atrapada