—N... no —murmuré con la voz rota—. No puede ser... no es posible.
—Nyra —repitió la voz al otro lado de la puerta—. Ábreme... la... puerta —insistió, esta vez con una impaciencia escalofriante que se filtró como un susurro amenazante a través de la madera.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. El corazón golpeaba mi pecho como un tambor de guerra. Me giré y corrí al despacho de Selyna. Golpeé la puerta con fuerza, una, dos, tres veces.
—¡Selyna! —grité con desesperación.
La puerta s