— ¿Qué dices? — pregunté, sintiendo cómo un escalofrío me recorría la espalda.
— Digo que, como me veo obligada a tenerte en mi casa para evitar que intentes escapar con el dulce y bello Darío y su sangre especial, tienes que ganarte tu valía. A partir de hoy, tu misión será esta.
Mis ojos recorrían la habitación con una mezcla de desconcierto y aprensión. La luz entraba a duras penas por una ventana estrecha cubierta con una cortina raída, dejando al lugar en una penumbra sofocante. El suelo,