—¿Qué has hecho? —pregunté con la voz baja, casi un gruñido, clavando los ojos en ella.
—Buenos días… —Eva suspiró con un gesto cargado de fastidio, ladeando la cabeza como si mi pregunta fuera una grosería—. Si vas a vivir conmigo, te conviene aprender a ser cortés. No te lo voy a volver a repetir. La próxima vez… habrá consecuencias.
Su mirada, fría y calculadora, se deslizó sobre mí como una cuchilla invisible.
—Muy bien… —me senté lentamente a su lado, cuidando de no romper el tenso equilib