—Cuando los padres de Amyra descubrieron lo nuestro, se volvieron contra nosotros —comenzó Alan, su voz grave y pausada, como si cada palabra lo desgarrara un poco por dentro—. Toda nuestra gente lo hizo, cegados por el odio, por la intolerancia. Así que decidimos marcharnos de la ciudad.
Se quedó en silencio por un instante, con la mirada perdida, como si aún viera los ecos de ese pasado en las sombras de la habitación.
—Pero para entonces… ya habíamos construido algo. Una pequeña familia. Un