A la mañana siguiente, un llanto ahogado, justo detrás de mi puerta, me arrancó del sueño. Me incorporé de golpe, con el corazón desbocado, y corrí hacia el pasillo, descalza, con el alma en vilo.
—¿Qué pasa, Darío? ¿Qué tienes, mi amor? —pregunté con urgencia, agachándome frente a él.
El pequeño levantó el rostro lentamente. Sus mejillas estaban bañadas en lágrimas, y en sus ojos oscuros se entremezclaban la tristeza y un rencor contenido que me rompió el alma. Esta vez no parecía asustado de