Capítulo 74.
—Mamá… ¿de verdad es necesario traerlo así?— pregunté consternada una vez más.
—Mucho —contestó ella, con ese tono que no dejaba lugar a discusión. Miraba de reojo hacia su espalda, donde el lobo blanco viajaba atado como si fuera un costal rebelde.
El pobre lobo blanco no dijo nada. Llevaba las patas atadas y, aunque se veía digno a su manera, estaba claro que se sentía humillado. No luchaba, no se quejaba, simplemente miraba resignado hacia un costado del camino, como si prefiriera no recorda